venezolanas pagan vacuna para ejercer su oficio en Cúcuta

 
PROSTITUCIÓN, Situación económica fomenta lenocinios en Colombia

venezolanas pagan vacuna para
ejercer su oficio en Cúcuta

 

? María (no es su nombre real) tiene 19 años y en Colombia junta dinero que envía a su madre.

? Taxistas y empleados de algunos bares dicen que la ciudad se está llenando de mujeres venezolanas.

? La escasez de dólares está convirtiendo a Venezuela en una sociedad de dos niveles similar a la Unión Soviética y a Cuba.

Saravena, Arauca,(Colombia).- En apenas ocho bares de un solo municipio colombiano fronterizo con Venezuela unas 200 mujeres de ese país se dedican a la prostitución. Hace ocho meses había muy pocas. Dicen que la crisis las llevó a seguir ese camino.

Las puertas de los bares están abiertas de par en par, la música que sale desde el interior envuelve como el calor a las muchachas que están sentadas en sillas plásticas en la acera esperando clientes, alguna de ellas con un bebé en brazos.

Es temprano en la zona de tolerancia de Saravena (en el departamento colombiano de Arauca), todavía no llegan los clientes y es un buen momento para conversar con Paola*.

Tiene 22 años y llegó hace seis meses (prefiere no decir desde qué parte de Venezuela: su familia, sus amigos y sus vecinos no saben que está trabajando en esto), donde era cajera de un almacén, me cuenta.

La galopante inflación venezolana, que el Fondo Monetario Internacional calcula en 500% para 2016, fue un factor que la llevó a tomar esta decisión.

“Ya todo se me complicó, una amiga que está acá fue la que me comentó, me dijo cómo era todo”, me cuenta. “Yo lo vi no tan fácil, pero qué más, hice la prueba y pues acá estoy”.

“Si a uno le sale una amanecida -que es irse con un cliente en la noche y llegar al día siguiente- lo más que le pueden dar a uno es 200.000 pesos colombianos (US$66). Y ya, ya me hice el sueldo mínimo de Venezuela”, me explica Paola.

En realidad esa suma equivale a algo más de cinco salarios mínimos venezolanos, al cambio no oficial (todas las cifras de esta nota corresponden a valores de diciembre de 2016).

Y en un mes puede ganar 1.200.000 pesos, más de 30 salarios mínimos de su país.

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200 mujeres:

Hasta hace algo menos de un año la mayoría de las trabajadoras sexuales de este lugar eran colombianas (la prostitución no es ilegal en este país), pero desde entonces en los ocho bares de la zona apenas quedan tres o cuatro mujeres locales, dicen quienes trabajan aquí.

La enorme mayoría, unas 200 (según las mujeres que están en este bar), son venezolanas que cruzaron a Colombia con el objetivo de mejorar sus ingresos y compensar la pérdida de poder adquisitivo que sufrieron en su país: 200 mujeres en tan sólo unas pocas cuadras de un solo municipio fronterizo en el que viven menos de 50.000 personas, repartidas entre el casco urbano y una extensa zona rural dedicada a la agricultura y la ganadería.

A toda Colombia, en el último año llegaron aproximadamente unas 6.500 mujeres venezolanas para dedicarse a la prostitución, según me dice Fidelia Suárez, coordinadora nacional de la Asociación de Mujeres Buscando Libertad (ASMUBULI), una organización dedicada a la defensa de los derechos humanos y laborales de las trabajadoras sexuales.

Suárez estima que antes había unas 1.200 venezolanas viviendo del trabajo sexual en el país.

Su asociación se encarga de brindar apoyo a las mujeres que se acercan a ella. En general en los casos de las migrantes las envían a ACNUR (la agencia de Naciones Unidas para los refugiados).

“Mami vente, apúrate”:

Todos los lunes, o casi todos, Paola envía dinero a su madre en Venezuela. Ella se quedó a cargo de su hija de cuatro años. Paola no quiso traerla y tener que dejarla al cuidado de desconocidos cuando fuera a trabajar.

Es difícil, murmura con cara triste, tenerla lejos. Para la niña también lo es: “(Le afecta) mucho, mucho. Siempre me dice: ‘Mami vente, apúrate’. Me dice: ‘Deja el trabajo y vente’”.
A su familia le dijo que trabaja de mesera.

“Yo sí sabía que venía a esto, pero no sabía que era así tan complicado. No me puedo quejar, hay personas que son bien, hombres que son muy caballerosos, que a pesar de que una está acá no te juzgan, no te maltratan. Hay veces que no terminas haciendo nada. Pero hay otros que son lo peor, pues”.

“Mi primera vez fue fatal”:

En el bar en el que converso con Paola también trabaja María*. Tiene 19 años, o dice tenerlos.

Llegó a Saravena antes que Paola y recorrió otras zonas fronterizas antes de decidir que este pueblo le resultaba mejor: desde aquí es más fácil pasar a Venezuela, sólo hay que cruzar el río Arauca por Puerto Contreras, a media hora de carro sin atravesar ningún puesto migratorio.

Dice que dejó su país, como la mayoría de las mujeres que están aquí, para ayudar a su familia. No tiene hijos como Paola, pero le envía dinero a su madre.

Es la única que sabe lo que ella hace en Colombia, me dice: “En un momento le dolió, pero ya no se mete en eso”.

María llegó aquí sin mucha claridad sobre lo que tendría que hacer.

“No me imaginaba nada porque no sabía muy bien”.

“Mi primera vez fue fatal, fue horrible. Me dolió mucho porque nunca había hecho eso”.

Estuvo tres días sin trabajar.

“Hacer esto no es nada fácil”, advierte María. “A lo mejor todo el mundo dice que uno se gana la plata fácil, pero no… Que uno tenga que venir a acostarse con personas mayores, a veces vienen borrachos”.

“Plaza dañada”

Hay clientes que le quieren pagar menos de lo que cobra: 25.000 (US$8) en vez de 40.000 (US$13).

Otras mujeres venezolanas sí aceptan la cifra más baja.

Eso, de hecho, causó enojo entre las trabajadoras sexuales colombianas de Saravena, cuando todavía había muchas colombianas aquí.

“Las que eran más avispadas, más pendientes, pedían 25.000 (US$8)”, cuenta María, “entonces las colombianas empezaron a decir que la plaza se estaba dañando porque había muchas venezolanas, que ellas ya no podían cobrar lo que cobraban habitualmente”.

En algunas partes de Colombia las mujeres cobran 50.000 por un servicio, mientras que aquí la media ahora es 30.000.

¿Regresar o quedarse?

Algunas de las mujeres que llegan desde Venezuela se quedan en Colombia; muchas regresan porque allí está su familia; otras pasan unos meses de este lado de la frontera, juntan dinero y vuelven, desandando el camino cuando quieren volver a juntar plata.

Paola quiere regresar a Venezuela.

“Es por mi hija, por mi mamá, por mi familia (que quiere regresar). Y porque obvio ya estoy cansada de esto. ¡Uy, qué pereza aguantarse uno de estos hombres acá! No, ya”.

Pero reflexiona unos instantes, como haciendo cuentas, y agrega: “Obvio, no puedo decir que no voy a volver porque no sé. Si me sale algo mejor, pues no vuelvo”.

¿Valió la pena la decisión de mudarse a Colombia y prostituirse entonces?

“Más o menos; sí, un poco”.

Al revés que Paola, María insiste en que quiere quedarse en Colombia.

También quiere cambiar de trabajo: “Ya hace un año estoy tratando de salir de esto”.

Entre más ratos, más Bolívares:

Un rato, en la jerga de las prostitutas, es una unidad de medida. Entre más ratos haga una de ellas, más plata gana. Y ‘hacer un rato’ significa ir a la pieza con un cliente durante unos veinte minutos.

Algunas de las prostitutas venezolanas llegan a Colombia a través de intermediarios, que las ubican en los prostíbulos más cotizados y les dan alojamiento y comida por unos 50.000 pesos diarios (23,7 dólares). Otras, como Daysi, viajan por su cuenta y se alojan en hoteles baratos con más libertad.

Por su parte, Wendy dice que se hace unos seis ratos al día, lo que significa que se gana unos 240.000 pesos diarios (113,8 dólares), a 40.000 pesos el rato (19 dólares) -en promedio-.

Una de las prostitutas venezolanas más cotizadas en Cúcuta se hace llamar Liliana. Trabaja por temporadas en ‘La oficina paisa’, un local ubicado a cuatro cuadras de la alcaldía municipal.

“Liliana es de 10 ó 15 ratos en una noche, cuando hay buena clientela, las demás se hacen la mitad”, dice el mesero del local en el que ella trabaja.

“Vea, si ella se hace diez ratos, póngale a 70.000, porque a eso se los pagan, son 700.000 pesos (332 dólares). Eso son unos 35 millones de bolívares (más de 5 millones y medio), el equivalente a unos siete salarios mínimos de Venezuela, ¿dígame si no es negocio?”, dice el hombre.

Según él, las venezolanas que están dedicadas por completo a la prostitución llegan a Colombia con la meta de llevarse, por ejemplo, 100.000 bolívares fuertes, que equivalen a dos millones de pesos (148.031 dólares). Cuando reúnen la cantidad regresan a su país y vuelven cuando se les acaba la plata.

Situaciones familiares:

Algunas, como Daysi y Wendy, dicen utilizar el dinero para los gastos familiares. Daysi tiene un hijo de 8 años y Wendy vive con sus padres y su hija de 5 años.

Este año los padres de Wendy comenzaron a construirle un apartamento, pero les tocó parar la obra porque no consiguen materiales de construcción. “En Trainco (un almacén de San Cristóbal), la paca de cemento vale 120.000 pesos -dice Wendy-, pero solo venden dos pacas por persona, con el número de cédula y Registro de Información Fiscal (RIF). Claro, hay gente en la calle que también vende cemento. ¿Pero cuánto vale? 800.000 pesos, un millón de bolívares. ¡Abusan!”.

Wendy afirma que este es su sexto fin de semana como prostituta. De lunes a jueves ayuda a sus padres en un negocio que estos tienen en San Cristóbal. “Ellos piensan que soy vendedora en un almacén de Cúcuta y les digo que me sale buena platica porque me pagan comisión”, dice.

Cuenta que comenzó a ejercer la prostitución después de separarse de su esposo. “No conseguía trabajo y sentía que debía hacer algo urgente, pues mi papá estaba asumiendo algunos gastos de mi hija”.

“No lo pensé mucho, porque si lo pienso, no lo hago. Me vine un viernes por la mañana; mi prima me presentó con el dueño del bar y le caí bien. A él le interesan las chamas que le produzcan plata y yo tengo actitud. Entro y salgo, entro y salgo. Cada vez que entro a hacer un rato le pago siete mil pesos por la pieza. Me quiere mucho. Si ya hasta quiere que venga los domingos”, dice Wendy.

Con el dinero de los seis fines de semana, Wendy se está pagando un tratamiento odontológico. Le cuesta unos 14.000 bolívares duros. “En cada cita me toca abonar 400 hasta que me enderecen los dientes”; además, compró un celular Huawei P6, que le costó 19.000 bolívares duros, y el resto lo invierte en sus padres y en su hija.

“No sufrimos tanto porque mis padres tienen un negocio, pero no sé cómo hace la gente que solo depende del trabajo. Mire no más, el arroz. Vale 13.000, pero no se consigue. Y los que tienen contactos lo venden a 30.000”, asegura.

Por estos días Wendy tiene otra preocupación: las batidas de las autoridades colombianas. No quiere que la deporten porque perdería el derecho a regresar, así que está siguiendo una pista que le puede servir para obtener la nacionalidad colombiana. Su abuelo -ya fallecido- era un caleño que llegó al Táchira en los años 70. En la familia no saben nada más de él, pero ella está averiguando.

Dice que tiene que prepararse porque el próximo año será más difícil: “No pasan tres meses,y viene otra devaluación. ¿Dígame, qué vamos a hacer?”.
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*Los nombres no son reales de las mujeres, ellas pidieron reservar su identidad porque en Venezuela no saben de su trabajo en Colombia.

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