La modista de las trabajadoras sexuales del barrio Santa Fe

En la zona de tolerancia de Bogotá, una mujer descubre la vanidad de las mujeres que allí trabajan.

fuente eltiempo.com

Foto: Hector Fabio Zamora

En un pequeñísimo taller la mujer cose. El lugar es una habitación con un baño al fondo y es tan reducido que si se extienden los brazos apenas quedarían algunos centímetros a lado y lado. Aquí no se debería coser. Aquí, en vez de una máquina y un montón de telas, debería haber una cama. En vez de la mujer encorvada haciendo ropa, debería estar otra quitándosela. Así están las cosas. Así está Carolina, la modista de las chicas-chicas, que zurce una falda mientras afuera comienza la noche y las otras habitaciones –arriba, al frente, a la derecha y a la izquierda– ya están listas para otro viernes en el club Las Paisas, uno de los burdeles más populares del barrio Santa Fe.

Carolina se endereza, las vértebras se acomodan con un leve crujido. Para hoy debe hacer nueve vestidos y va por el tercero. Taca, taca, taca. La máquina repica, los dedos se deslizan, el pie presiona el pedal. Del otro lado de la puerta, en el pasillo que conduce a las demás habitaciones, también hay ruido. Uno de los hombres de seguridad pasa con una pistola eléctrica que descarga en el aire. ¡Raaag! El aparato truena en un destello azul. Las mujeres en el corredor –que son tres y se preparan para la noche– gritan, el tipo ríe. Luego del susto, ellas regresan a lo suyo, a los detalles del maquillaje, a revisar el cuerpo frente al espejo, al parloteo. Una se acerca, asoma la cara entre el marco y la puerta.

—Mami, ¿y la blusita? ¿Si me la hizo? –le pregunta a la modista con una voz agudísima.

—Si me das 20 minutos te la saco.

—Entonces voy al salón de belleza y vengo por ella.

—Bueno, linda. ¿Y entonces si le abro más el escote?

—Pero claro, mami –responde ella apuntado sus pupilas verdes artificiales a su pecho inflado, como señalando la obviedad: una cirugía estética, más si tiene estas dimensiones, debe exhibirse. Y, así, venderse.

IMAGEN-14691600-2

Carolina es una mujer grande. Ese es el primer adjetivo que la mayoría soltaría para describirla: GRANDE. Un macizo metro ochenta de piel oscura, piernas gruesas, caderas anchas, manos poderosas. No hay fragilidad. Es una Venus paleolítica; un cuerpo materno, resistente, exagerado, atávico. Un cuerpo de 44 años que parió tres hijos –una mujer y dos hombres– y que trabaja 10 horas al día.

Su tamaño, en un oficio que depende del milímetro y del detalle de cada puntada, es la prueba de la delicadeza del gigante. Ella, encorvada sobre la máquina, va dándoles forma a los pliegues de la tela, recorre líneas rectas y curvas, la aguja vertiginosa entra y sale a microscópica distancia de esos dedos que parecen incapaces de semejante sutileza. Verla es atestiguar la enormidad volcada en el detalle, lo mayúsculo absorto en lo ínfimo.

Ahora, por ejemplo, corta un triángulo de encaje diminuto y luego otro más grande. Son apenas seis tijeretazos certeros. En seguida saca una cinta elástica, la estira, a ojo calcula el largo y la cose a las bases de ambos triángulos, que une en sus puntas con otro pedazo más pequeño de cinta. Mira, rectifica, poda los hilos salientes, vuelve a coser. Acaba de fabricar un tanga. Una de la docena que le encargaron para un show llamado Miss Tanga que se hará en Fiebre, otro de los negocios de la zona.

—Yo les surto tangas día de por medio –dice con un alfiler que baila en su boca mientras aplica los últimos detalles.

—¿Cuánto vale cada una?

—Si es al por mayor, las dejo en 4.000 cada una, y por unidad, a 6.000.

***

Su tamaño importa. Importó.

Hace 22 años recorrió en una flota los 461 kilómetros que hay entre Cali y Bogotá. Venía dispuesta a vivir de su cuerpo. Un año y medio antes sucedieron tres cosas: asistió a una fiesta –que una amiga le organizó para celebrar su cumpleaños 21–, perdió la virginidad y quedó embarazada. A los pocos meses y a consecuencia del escándalo, tuvo que dejar la casa de su abuela y su tío, quienes la criaron desde niña en una vereda llamada La Buitrera. Entonces vivió en una pieza en un barrio de invasión y se mantuvo, hasta que la barriga y la sociedad se lo permitieron, dando clases de natación en el club en el que su tío trabajaba. Luego lavó ropa, aguantó hambre y tuvo, como pudo, a su hija.

Entonces supo que la vida podía ser más tosca, más si era la vida de una madre soltera. También que la palabra pobreza tenía muchos gradientes y que el dinero no siempre se encuentra en los lugares más morales. Otra amiga más disipada y solvente se lo había anunciado: “En un día gano lo que tú en un mes”. Carolina empezó a vender lo que le quedaba: su belleza, su cuerpo. Viajó a Bogotá, más por miedo a ser descubierta que por aprovechar un mejor mercado. Llegó con su amiga en la tarde y en la noche ya estaba trabajando en un lugar que se llamaba Porkys Night Club, en la 75 con 15.

—Eso era así: te morías de hambre o trabajabas. Y si se lo iba a dar a un tipo como al que se lo di y que no respondió por nada, pues tocaba dárselo a un tipo que me hiciera lucrar por eso.

Trabajó, su éxito fue instantáneo: una mujer de un metro ochenta, morena y voluptuosa escapaba a los estándares estéticos del páramo. Ganó dinero y lo envió a Cali para su hija, pero con el tiempo se enamoró de un cliente y se fue a vivir con él. Tuvo dos hijos más y aprendió los rudimentos de la costura en la fábrica de textiles que tenía la familia de su nuevo compañero. Luego hubo problemas. Luego, divorcio. Y, luego, ella regresó a la prostitución.

***

Carolina mueve los pulgares sobre la pantalla de su teléfono. Cada tanto suena el aparato con un mensaje de una clienta, que pide alguna prenda que debe cumplir simultáneamente la tarea de cubrir y descubrir su cuerpo

IMAGEN-14685876-2

“Esta es un monumento de nena. Es completica. Se hizo lipo y cola, pero sus senos son naturales y es un hit acá”, dice la modista al tiempo que muestra el mensaje y la foto de la remitente: una mujer morena y voluptuosa, forrada por uno de sus diseños satinados. Carolina conoce cada cuerpo, cada proporción y cada turgencia. En el negocio de la moda de club nocturno el pensamiento estratégico de experto en marketing es un activo, por eso saber con exactitud qué se oculta y qué se destaca es la llave para incrementar las ventas. Lo dijo con más belleza el escritor italiano Pitigrilli: “La moda es la pugna entre el instinto natural de vestirse y el instinto natural de desnudarse”.

***

Así, Carolina sabe a quién le conviene un escote profundo o uno más recatado, si la viscosa le marcará la celulitis o si debe usar una tela más gruesa como la supplex para disimularla. Cada clienta tiene sus propios requerimientos. Y si la ropa es la armadura hecha a la medida con la que las servidoras sexuales enfrentan la guerra de cada noche, sus cuerpos, sin duda, son los campos de batalla.

—Yo tengo como 15 millones de pesos en cirugías encima –dice Silvana, quien trabaja en la zona hace un par de años y además decidió poner un spa hace uno, junto a su hermana, para atender a otras prostitutas y, si hay suerte, dejar el negocio de la noche.

—Casi todas están operadas –interrumpe su hermana Valeria–. Cuando yo llegué me sentía campesina: mal vestida, sin cirugías, sin tacones. ¿Qué es lo primero que uno se consigue? La plata para la cola.

—Nos tocó empezar a usar tacones de 12 centímetros, a comprar jeans y otra ropa. A Carolina le compramos cuando empezamos a trabajar de noche –remata Silvana.

Ambas, a esta hora, las 4 de la tarde, llevan uniformes compuestos por camisa y pantalón azules oscuros, parecidos a los que usan los médicos. El pelo –negro, negrísimo– lo tienen recogido en una moña. No tienen maquillaje. No hay indicios de su otro oficio. Son dos mujeres jóvenes y dulces que, al igual que Carolina, han encontrado en la vanidad una posibilidad: “Podemos atender a unas cinco clientas en un buen día. Ellas vienen y se depilan y se hacen un masaje relajante o reductor y pagan la mayoría por paquetes; el más económico cuesta 150.000, son 10 masajes y duran 40 min cada uno. Un quemante de grasa, que es lo más caro, cuesta 50.000”, dice Valeria.

Al final, todos esos tratamientos culminan en un cuerpo que se exhibirá ya sea en ropa interior o en vestidos ceñidos en alguna de las pasarelas de negocios como Atunes, Las Paisas o Fiebre. O incluso en el exterior, pues no pocas salen del país para trabajar por periodos cortos –un par de meses a lo sumo– en lugares como San Martín, Curazao o Bonaire, y llenan sus maletas con las creaciones de Carolina, que no solo están hechas a su medida, sino que además son económicas y por ello pueden usarlas para una sola postura, casi sin necesidad de repetir durante su viaje.

***

Hace 12 años, en la mítica Piscina –un night club que hizo fama, entre otras cosas, precisamente por tener una alberca dentro de sus instalaciones–, una Carolina más joven, más esbelta, se paraba bajo los chorros de luz de colores, justo en la mitad del puente que atravesaba la pileta para que el animador disparara: “Con ustedes: Carolina, ‘La Graaandeeee’”.

Entonces había aplausos, silbidos y trago. También música. La mujer serpenteaba frente a los espectadores hambrientos. Ella hacía su número, su baile entre gritos y deseo ebrio. La ropa caía. La piel negra se revelaba. El cuerpo desnudo. El cuerpo enorme. El aire viscoso. Carolina en tanga y al borde del puente terminaba su show con un clavado en el agua. El público estallaba en una ovación. Era el cenit de una noche de viernes.

—Yo era la reina de la Piscina. Yo era Carolina ‘La Grande’.

Era.

IMAGEN-14685917-2

Carolina recuerda esos días –esas noches– con una sonrisa a mitad de camino, con las comisuras de los labios apenas flexionadas: “Usaba un vestido blanco, hermoso; fue el primer vestido que me cosí. Era a la cintura, abierto desde por aquí –pone el índice en su cadera– hasta abajo, con una blusita abierta en el busto”. Sus dedos dibujan las formas despacio, señalan los cortes, el diseño de una prenda imaginaria. “Ese salió de a pedacitos, de cómo me voy a ver, de qué me voy a poner. Ese vestido era lo que uno dice el vestido de los viernes”, cuenta con lo que a estas alturas ya se ha convertido en una risa abierta en la que parece usar todos los músculos de la cara.

Carolina, la modista, levanta la cabeza y se rasca el cuello para recordar el pasado. Fue a los 32 años cuando dejó ese oficio, cuando descubrió que la ropa que ella se fabricaba les gustaba a las otras mujeres y podía venderla. Entonces decidió cambiar de profesión y dedicarse a la costura, que alternaba con un trabajo temporal como personal de seguridad del mismo club nocturno, otra labor en la que su tamaño era apreciado. Más tarde solo se dedicó a coser.

—¿Le gustaba la moda desde antes, desde niña, por ejemplo?

—Yo no me acuerdo cómo era de niña. Yo creo que me acuerdo de mi vida como desde los 10 años; antes no. Lo tengo como borrado. Lo primero que me acuerdo es que mi abuela decía “yo la recogí a usted”.

En seguida se detiene y baja la mirada como escarbando en su memoria, y dice:

—Me acuerdo de una foto que me tomaron, aunque a mí no me gustaban las fotos porque me mantenían como un niño, con el cabello bien cortico y descalza. Me acuerdo que estaba debajo de una mesa y decían “mírela, está acá debajo escondida”.

—¿Se acuerda de la ropa que usaba?

—No tenía ropa mía, pero mi mamá, cuando cumplí los 15, me mandó a hacer mi primer pantalón, que sí era mío. Era un baggy en una tela que se llama satín. Me dijeron que había que plancharlo y lo fui a planchar y se quemó. También me acuerdo de un día que lavé toda la ropa y la dejé extendida y había un ternero y el ternero se comió toda mi ropa –dice, suelta una carcajada y aplaude.

***

Arriba: una loma, lodo y frío. También un pequeño conjunto de casas. Todas blancas y formadas en hileras que se separan unas de otras por pasillos angostos. A un lado el barranco, al otro un potrero. El cielo es una placa metálica.

Carolina está en su casa, una construcción en obra gris que queda en esta modesta urbanización por la salida a Villavicencio. El sitio, que está comenzando a pagar, lo ha ido acondicionando poco a poco y como puede: cada peso de cada prenda se ha convertido en una baldosa, una brocha, un tarro de pintura, un mueble para la cocina. Y a pesar de las limitaciones, ella muestra orgullosa su propiedad –el patio, las habitaciones, el baño– como si se tratara de un espléndido xanadú.

Aquí vive con su hijo menor, que está en el colegio –su otro hijo está en el ejército y su hija se casó y vive en el exterior–, además de cuatro gatos y dos perros. Aquí también pasó su taller, desde hace un par de semanas, que ocupa lo que debería ser la sala –“yo estaba dejando a mi hijo todo el día solo. Pobre chinito, todo el día solo. Entonces me vine para acá, para mi casa, a trabajar”–.

Carolina aterriza en su silla. A esta hora, las cinco y media de la tarde, el cansancio le deja una hinchazón narcótica en sus párpados.

El celular suena. Es una clienta que le pide, vía WhatsApp, dos enterizos: uno blanco y uno negro. Carolina calcula las medidas con un maniquí. “A esta nena solamente le gusta el algodón, no la licra”, suelta mientras estira la tela. “Esta es una mujer completamente hecha”, dice y en seguida recalibra el cálculo con su propio pecho.

Comienza a cortar.

Pasa la tela por la máquina de coser, por la fileteadora.

Pega los botones, los demás adornos.

Levanta la prenda, la mira.

Corrige.

En todo el proceso no tomó una sola medida. Las dimensiones estándar de un maniquí contrastadas con las propias parecen ser suficientes para establecer largos y anchos. En el negocio de vestir cuerpos, el suyo propio se convierte en referente. Quizá –aventuro– porque esos cuerpos recorren el mismo camino que ella transitó, porque muy pocos conocen como ella lo que hay bajo la tela y, también, bajo la piel.

—¿Cómo sabe que le va a quedar sin tomar medidas? –pregunto.

—Amor, es que yo trabajo a ojímetro; nunca tomo medidas ni nada. Yo las miro y sé lo que tengo que hacer. Yo conozco sus cuerpos.

Carolina, la grande, se levanta y hace sombra.
***

Al oscurecer, Carolina se pone un gorro de lana, una chaqueta ancha y acolchada, un par de tenis viejos y guarda todas esas prendas satinadas, elásticas y de encaje en una bolsa. Baja la loma y toma un alimentador que la lleva hasta el portal de Usme y de allí un Transmilenio que la dejará en la Caracas con 22, frente al barrio Santa Fe.

IMAGEN-14685895-2

La modista de las trabajadoras sexuales del barrio Santa Fe

En la zona de tolerancia de Bogotá, una mujer descubre la vanidad de las mujeres que allí trabajan.

Por:  JULIAN ISAZA |

Carolina es la modista de las servidoras sexuales del barrio Santa Fe.

Foto: Hector Fabio Zamora

Carolina es la modista de las servidoras sexuales del barrio Santa Fe.

  • Facebook
  • Twitter
  • Google Plus
  • Email
175

COMPARTIDOS

En un pequeñísimo taller la mujer cose. El lugar es una habitación con un baño al fondo y es tan reducido que si se extienden los brazos apenas quedarían algunos centímetros a lado y lado. Aquí no se debería coser. Aquí, en vez de una máquina y un montón de telas, debería haber una cama. En vez de la mujer encorvada haciendo ropa, debería estar otra quitándosela. Así están las cosas. Así está Carolina, la modista de las chicas-chicas, que zurce una falda mientras afuera comienza la noche y las otras habitaciones –arriba, al frente, a la derecha y a la izquierda– ya están listas para otro viernes en el club Las Paisas, uno de los burdeles más populares del barrio Santa Fe.

Carolina se endereza, las vértebras se acomodan con un leve crujido. Para hoy debe hacer nueve vestidos y va por el tercero. Taca, taca, taca. La máquina repica, los dedos se deslizan, el pie presiona el pedal. Del otro lado de la puerta, en el pasillo que conduce a las demás habitaciones, también hay ruido. Uno de los hombres de seguridad pasa con una pistola eléctrica que descarga en el aire. ¡Raaag! El aparato truena en un destello azul. Las mujeres en el corredor –que son tres y se preparan para la noche– gritan, el tipo ríe. Luego del susto, ellas regresan a lo suyo, a los detalles del maquillaje, a revisar el cuerpo frente al espejo, al parloteo. Una se acerca, asoma la cara entre el marco y la puerta.

—Mami, ¿y la blusita? ¿Si me la hizo? –le pregunta a la modista con una voz agudísima.

—Si me das 20 minutos te la saco.

—Entonces voy al salón de belleza y vengo por ella.

—Bueno, linda. ¿Y entonces si le abro más el escote?

—Pero claro, mami –responde ella apuntado sus pupilas verdes artificiales a su pecho inflado, como señalando la obviedad: una cirugía estética, más si tiene estas dimensiones, debe exhibirse. Y, así, venderse.

La modista de las chicas

Carolina es una mujer grande. Ese es el primer adjetivo que la mayoría soltaría para describirla: GRANDE. Un macizo metro ochenta de piel oscura, piernas gruesas, caderas anchas, manos poderosas. No hay fragilidad. Es una Venus paleolítica; un cuerpo materno, resistente, exagerado, atávico. Un cuerpo de 44 años que parió tres hijos –una mujer y dos hombres– y que trabaja 10 horas al día.

Su tamaño, en un oficio que depende del milímetro y del detalle de cada puntada, es la prueba de la delicadeza del gigante. Ella, encorvada sobre la máquina, va dándoles forma a los pliegues de la tela, recorre líneas rectas y curvas, la aguja vertiginosa entra y sale a microscópica distancia de esos dedos que parecen incapaces de semejante sutileza. Verla es atestiguar la enormidad volcada en el detalle, lo mayúsculo absorto en lo ínfimo.

Ahora, por ejemplo, corta un triángulo de encaje diminuto y luego otro más grande. Son apenas seis tijeretazos certeros. En seguida saca una cinta elástica, la estira, a ojo calcula el largo y la cose a las bases de ambos triángulos, que une en sus puntas con otro pedazo más pequeño de cinta. Mira, rectifica, poda los hilos salientes, vuelve a coser. Acaba de fabricar un tanga. Una de la docena que le encargaron para un show llamado Miss Tanga que se hará en Fiebre, otro de los negocios de la zona.

—Yo les surto tangas día de por medio –dice con un alfiler que baila en su boca mientras aplica los últimos detalles.

—¿Cuánto vale cada una?

—Si es al por mayor, las dejo en 4.000 cada una, y por unidad, a 6.000.

Su tamaño importa. Importó.

Hace 22 años recorrió en una flota los 461 kilómetros que hay entre Cali y Bogotá. Venía dispuesta a vivir de su cuerpo. Un año y medio antes sucedieron tres cosas: asistió a una fiesta –que una amiga le organizó para celebrar su cumpleaños 21–, perdió la virginidad y quedó embarazada. A los pocos meses y a consecuencia del escándalo, tuvo que dejar la casa de su abuela y su tío, quienes la criaron desde niña en una vereda llamada La Buitrera. Entonces vivió en una pieza en un barrio de invasión y se mantuvo, hasta que la barriga y la sociedad se lo permitieron, dando clases de natación en el club en el que su tío trabajaba. Luego lavó ropa, aguantó hambre y tuvo, como pudo, a su hija.

Entonces supo que la vida podía ser más tosca, más si era la vida de una madre soltera. También que la palabra pobreza tenía muchos gradientes y que el dinero no siempre se encuentra en los lugares más morales. Otra amiga más disipada y solvente se lo había anunciado: “En un día gano lo que tú en un mes”. Carolina empezó a vender lo que le quedaba: su belleza, su cuerpo. Viajó a Bogotá, más por miedo a ser descubierta que por aprovechar un mejor mercado. Llegó con su amiga en la tarde y en la noche ya estaba trabajando en un lugar que se llamaba Porkys Night Club, en la 75 con 15.

—Eso era así: te morías de hambre o trabajabas. Y si se lo iba a dar a un tipo como al que se lo di y que no respondió por nada, pues tocaba dárselo a un tipo que me hiciera lucrar por eso.

Trabajó, su éxito fue instantáneo: una mujer de un metro ochenta, morena y voluptuosa escapaba a los estándares estéticos del páramo. Ganó dinero y lo envió a Cali para su hija, pero con el tiempo se enamoró de un cliente y se fue a vivir con él. Tuvo dos hijos más y aprendió los rudimentos de la costura en la fábrica de textiles que tenía la familia de su nuevo compañero. Luego hubo problemas. Luego, divorcio. Y, luego, ella regresó a la prostitución.

***

Carolina mueve los pulgares sobre la pantalla de su teléfono. Cada tanto suena el aparato con un mensaje de una clienta, que pide alguna prenda que debe cumplir simultáneamente la tarea de cubrir y descubrir su cuerpo.

Carolina con su modelo

“Esta es un monumento de nena. Es completica. Se hizo lipo y cola, pero sus senos son naturales y es un hit acá”, dice la modista al tiempo que muestra el mensaje y la foto de la remitente: una mujer morena y voluptuosa, forrada por uno de sus diseños satinados. Carolina conoce cada cuerpo, cada proporción y cada turgencia. En el negocio de la moda de club nocturno el pensamiento estratégico de experto en marketing es un activo, por eso saber con exactitud qué se oculta y qué se destaca es la llave para incrementar las ventas. Lo dijo con más belleza el escritor italiano Pitigrilli: “La moda es la pugna entre el instinto natural de vestirse y el instinto natural de desnudarse”.

***

Así, Carolina sabe a quién le conviene un escote profundo o uno más recatado, si la viscosa le marcará la celulitis o si debe usar una tela más gruesa como la supplex para disimularla. Cada clienta tiene sus propios requerimientos. Y si la ropa es la armadura hecha a la medida con la que las servidoras sexuales enfrentan la guerra de cada noche, sus cuerpos, sin duda, son los campos de batalla.

—Yo tengo como 15 millones de pesos en cirugías encima –dice Silvana, quien trabaja en la zona hace un par de años y además decidió poner un spa hace uno, junto a su hermana, para atender a otras prostitutas y, si hay suerte, dejar el negocio de la noche.

—Casi todas están operadas –interrumpe su hermana Valeria–. Cuando yo llegué me sentía campesina: mal vestida, sin cirugías, sin tacones. ¿Qué es lo primero que uno se consigue? La plata para la cola.

—Nos tocó empezar a usar tacones de 12 centímetros, a comprar jeans y otra ropa. A Carolina le compramos cuando empezamos a trabajar de noche –remata Silvana.

Ambas, a esta hora, las 4 de la tarde, llevan uniformes compuestos por camisa y pantalón azules oscuros, parecidos a los que usan los médicos. El pelo –negro, negrísimo– lo tienen recogido en una moña. No tienen maquillaje. No hay indicios de su otro oficio. Son dos mujeres jóvenes y dulces que, al igual que Carolina, han encontrado en la vanidad una posibilidad: “Podemos atender a unas cinco clientas en un buen día. Ellas vienen y se depilan y se hacen un masaje relajante o reductor y pagan la mayoría por paquetes; el más económico cuesta 150.000, son 10 masajes y duran 40 min cada uno. Un quemante de grasa, que es lo más caro, cuesta 50.000”, dice Valeria.

Al final, todos esos tratamientos culminan en un cuerpo que se exhibirá ya sea en ropa interior o en vestidos ceñidos en alguna de las pasarelas de negocios como Atunes, Las Paisas o Fiebre. O incluso en el exterior, pues no pocas salen del país para trabajar por periodos cortos –un par de meses a lo sumo– en lugares como San Martín, Curazao o Bonaire, y llenan sus maletas con las creaciones de Carolina, que no solo están hechas a su medida, sino que además son económicas y por ello pueden usarlas para una sola postura, casi sin necesidad de repetir durante su viaje.

***

Hace 12 años, en la mítica Piscina –un night club que hizo fama, entre otras cosas, precisamente por tener una alberca dentro de sus instalaciones–, una Carolina más joven, más esbelta, se paraba bajo los chorros de luz de colores, justo en la mitad del puente que atravesaba la pileta para que el animador disparara: “Con ustedes: Carolina, ‘La Graaandeeee’”.

Entonces había aplausos, silbidos y trago. También música. La mujer serpenteaba frente a los espectadores hambrientos. Ella hacía su número, su baile entre gritos y deseo ebrio. La ropa caía. La piel negra se revelaba. El cuerpo desnudo. El cuerpo enorme. El aire viscoso. Carolina en tanga y al borde del puente terminaba su show con un clavado en el agua. El público estallaba en una ovación. Era el cenit de una noche de viernes.

—Yo era la reina de la Piscina. Yo era Carolina ‘La Grande’.

Era.

Carolina cosiendo

C
—Yo no me acuerdo cómo era de niña. Yo creo que me acuerdo de mi vida como desde los 10 años; antes no. Lo tengo como borrado. Lo primero que me acuerdo es que mi abuela decía “yo la recogí a usted”.

En seguida se detiene y baja la mirada como escarbando en su memoria, y dice:

—Me acuerdo de una foto que me tomaron, aunque a mí no me gustaban las fotos porque me mantenían como un niño, con el cabello bien cortico y descalza. Me acuerdo que estaba debajo de una mesa y decían “mírela, está acá debajo escondida”.

—¿Se acuerda de la ropa que usaba?

—No tenía ropa mía, pero mi mamá, cuando cumplí los 15, me mandó a hacer mi primer pantalón, que sí era mío. Era un baggy en una tela que se llama satín. Me dijeron que había que plancharlo y lo fui a planchar y se quemó. También me acuerdo de un día que lavé toda la ropa y la dejé extendida y había un ternero y el ternero se comió toda mi ropa –dice, suelta una carcajada y aplaude.

***

Arriba: una loma, lodo y frío. También un pequeño conjunto de casas. Todas blancas y formadas en hileras que se separan unas de otras por pasillos angostos. A un lado el barranco, al otro un potrero. El cielo es una placa metálica.

Carolina está en su casa, una construcción en obra gris que queda en esta modesta urbanización por la salida a Villavicencio. El sitio, que está comenzando a pagar, lo ha ido acondicionando poco a poco y como puede: cada peso de cada prenda se ha convertido en una baldosa, una brocha, un tarro de pintura, un mueble para la cocina. Y a pesar de las limitaciones, ella muestra orgullosa su propiedad –el patio, las habitaciones, el baño– como si se tratara de un espléndido xanadú.

Aquí vive con su hijo menor, que está en el colegio –su otro hijo está en el ejército y su hija se casó y vive en el exterior–, además de cuatro gatos y dos perros. Aquí también pasó su taller, desde hace un par de semanas, que ocupa lo que debería ser la sala –“yo estaba dejando a mi hijo todo el día solo. Pobre chinito, todo el día solo. Entonces me vine para acá, para mi casa, a trabajar”–.

Carolina aterriza en su silla. A esta hora, las cinco y media de la tarde, el cansancio le deja una hinchazón narcótica en sus párpados.

El celular suena. Es una clienta que le pide, vía WhatsApp, dos enterizos: uno blanco y uno negro. Carolina calcula las medidas con un maniquí. “A esta nena solamente le gusta el algodón, no la licra”, suelta mientras estira la tela. “Esta es una mujer completamente hecha”, dice y en seguida recalibra el cálculo con su propio pecho.

Comienza a cortar.

Pasa la tela por la máquina de coser, por la fileteadora.

Pega los botones, los demás adornos.

Levanta la prenda, la mira.

Corrige.

En todo el proceso no tomó una sola medida. Las dimensiones estándar de un maniquí contrastadas con las propias parecen ser suficientes para establecer largos y anchos. En el negocio de vestir cuerpos, el suyo propio se convierte en referente. Quizá –aventuro– porque esos cuerpos recorren el mismo camino que ella transitó, porque muy pocos conocen como ella lo que hay bajo la tela y, también, bajo la piel.

—¿Cómo sabe que le va a quedar sin tomar medidas? –pregunto.

—Amor, es que yo trabajo a ojímetro; nunca tomo medidas ni nada. Yo las miro y sé lo que tengo que hacer. Yo conozco sus cuerpos.

Carolina, la grande, se levanta y hace sombra.
***

Al oscurecer, Carolina se pone un gorro de lana, una chaqueta ancha y acolchada, un par de tenis viejos y guarda todas esas prendas satinadas, elásticas y de encaje en una bolsa. Baja la loma y toma un alimentador que la lleva hasta el portal de Usme y de allí un Transmilenio que la dejará en la Caracas con 22, frente al barrio Santa Fe.

Ropa interior

La noche será una viscosidad brillante y ruidosa. Los carros transitarán despacio y los conductores y pasajeros evaluarán a las mujeres que se exhiben. La calle será un hervidero de actividad. Las luces neón se encenderán y el reguetón estallará. Habrá oficinas, estudiantes, vendedores, pensionados, ladrones. Tipos tristes, tipos eufóricos.

Carolina pasará por cada negocio y sus clientas recibirán sus encargos. Carolina hablará con cada una de ellas, como si fueran sus amigas íntimas. Algunas lo son. Ellas se medirán la ropa, la usarán y, cuando sea el momento, se la quitarán. Carolina a la medianoche entrará de nuevo a su casa, besará a su hijo y dormirá. Y eso sucederá justo cuando la noche estará en su clímax.

997

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *