Le di por el culo a un hombre y me gustó

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“¿A cuánta gente te has follado con esa cosa?”, me pregunta mi novio por el teléfono. Me río un poco, en realidad suelto una carcajada.

“Ahora sabes lo que sentimos”, le digo.

Para su desdicha, esta no es la primera vez que hablo de sexo con strap-on. Él no está seguro de hacerlo, pero yo insisto. “¿Sólo la puntita?”, le pregunto. “Puedo sacarlo en cualquier momento si llega a ser muy intenso… ya sabes… si te gusta demasiado”.

A medida que hablamos, sostengo el miembro en cuestión: diecinueve centímetros de piel sintética de vainilla. Un pene grueso. Una cabeza que rebota. Bolas templadas. Aplico un poco de lubricante y distraída empiezo a tocar la silicona con un ligero movimiento, mientras me imagino qué sentiría él al coger mi verga.

“Linda, tenemos que apresurarnos con esto? ¿No puedes, más bien… lamerme el culo o algo?

Le cuelgo sin decir adiós, como hace la gente en las películas. Me quedo en mi cama y fumo con la ventana abierta, satisfecha conmigo misma.

***

A estas alturas no es necesario hablar de lo popular que es la experimentación anal heterosexual. Es cultura general que prácticamente todos los hombres quieren penetrar a las mujeres por el culo. Pero ahora muchos hombres, codiciosos como son, también quieren experimentar el placer anal, moviendo sus caderas en plena mamada, a ver si la lengua o un dedo entra casualmente a ese pequeño y peludo agujero fecal.

Por eso ahora, incluso el acto más extremo de pegging —una chica follándose a un tipo por el culo con un dildo— es tendencia (#peggingistrending). En un episodio reciente de Broad City , una serie que sigue la vida de un par de chicas blancas de veintitantos años en Brooklyna, aparece el acto. El pegging es ya tan popular, que ha salido en varios episodios de series tipo CSI, y es usado como broma en algunas comedias hollywoodenses.

Y por supuesto, el porno está lleno de él. Se sorprenderían con la cantidad de videos (de buena calidad) con strap-on que se han apilado en estos años. Además de los clásicos pro-sexo Bend Over Boyfriend y Bend Over Boyfriend 2: More Rockin’ Less Talkin’ , pueden encontrar cientos de ventanas emergentes llenas de escenas de chicas sobre chicos. Gracias a su perversa santidad, Kink.com.

No puedo decir que no me de placer el jugar con el ano de un hombre. Encuentro cierta satisfacción en meter el dedo en el culo de un tipo. Pero una follada anal es algo más avanzado. Es intenso. Lo sé, claro, porque lo he hecho por novios que han querido, y es cierto lo que dicen: con la suficiente cantidad de drogas y lubricante, eso puede ser el cielo… pero normalmente duele.

***

Después de colgar con mi novio, sola en mi habitación, no puedo dejar de ver porno con strap-on. Me gusta. Me gustan los roles femeninos en los videos, por planos que sean. Prefiero a las mujeres que actúan amorosas y firmes, o tímidas y crueles, como una niña que disfruta arrancarle las alas a un insecto. Aun así, es imposible salirse completamente del mundo de fantasías masculinas.

Según entiendo, los hombres quieren una de estas dos cosas: o están en busca de una exploración íntima del placer anal (todos esos novios que presionan a su pareja a que los pongan de rodillas), o quieren pasar por la experiencia de dominación femenina, ser follados y humillados por una mujer tan poderosa que los “haga” recibir verga.

Pero a quién le importa lo que quiera el hombre. Los hombres fetichizan todo. Son perros. Tarde o temprano van a ladrar.

Se suponía que esto fuera sobre lo que yo quiero.

Quizás otras mujeres han deseado esto, pero quién sabe lo que otras quieren. Lo único que sé es que las fantasías no nacen en una burbuja y la mía empezó cuando el constante sexo con mi novio empezó a decaer.

***

Cuando nos conocimos, la energía entre nosotros fue tan fuerte que casi ni podíamos salir en público. Era como sí sólo con mirarnos, ya nos estuviéramos tocando. Cada beso era una orgía y todo el tiempo estábamos en peligro de devorarnos el uno al otro. “No. Todavía no, todavía no”, le susurraba mientras movía mi cuerpo desnudo contra el suyo, comenzando la lucha bestial que él inevitablemente ganaba, penetrándome con una inmensa puñalada que terminaba en placer.

Desde el comienzo me dijo que normalmente él se identificaba a sí mismo como sumiso, pero que en nuestra relación era dominante.

Todo rol se vuelve una carga cuando lo interpretas demasiado, supongo.

“Estás robándote todo el subespacio de esta relación”, me dijo una vez, jugando, mientras me cacheteaba la cara en la ducha.

Pero a medida que nos acercamos más, la dinámica empezó a cambiar. Éramos tiernos, era cómodo. Ya no teníamos sexo en público.

“¿Me amas?”, me preguntó una vez.

“No estoy segura… No estoy segura de que seas digno de mi amor”, le dije molestando.

Quería llevarlo más lejos, pero me daba pena. Estaba segura de que si cambiábamos de roles encontraríamos algo mucho más profundo y mis fantasías se volvían más elaboradas y violentas a medida que me antojaba de este control. Pero estaba nerviosa. Necesitaba un accesorio sexual.

Si sólo tuviera lo que Freud llamaba el “muy superior” equipamiento masculino. Si sólo los dos tuviéramos penes… los adoraríamos demasiado.

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Tenía todo planeado en mi cabeza. Yo llegaría a las 9:00 p.m., y justo después de que él me saludara con un beso, lo obligaría a darse la vuelta. “Ok”, le diría, llevándolo a la habitación mientras lo cogía desde el cuello. “Hay algo que necesito que hagas por mí, y como eres tan buen novio, sé que lo harás”.

Pero en realidad no hago esto. En vez, lo sigo al sofá donde nos arrunchamos, tomamos whiskey y hablamos.

“¿Con qué personaje masculino de Disney tendrías sexo?”, pregunté.

“No sé. De pronto con el sultán de Aladdin, el gordo distraído”, me dice, riéndose, “O tal vez con el jabalí que canta ‘Hakuna Matata”.

“Yo habría pensado en Scar, de El rey león“, respondo.

“No. Eso es muy obvio”.

Mientras nos arrunchamos, la fantasía corre por mi cabeza: “Mételo en tu boca. Hazlo con clase…como te gusta”, le diré mientras él lame la corona de la silicona, moviéndose con ritmo, con la cabeza de lado a lado, mirando ilusionado con sus ojos azules.

Pienso follármelo en el brazo del sofá, cogiendo cada esquina de una cobija para penetrarlo más profundamente.

Pero henos aquí, viendo qué tan follables son los mamíferos de las caricaturas.

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uando finalmente es tarde y nos vamos a dormir, le pido que se quite su ropa. “Ahora quítame la mía”, le digo y se hunde en mi pecho desnudo.

“Nena”, murmulla mientras toca suavemente mi estómago. “Te quiero follar”.

Me tomo mi tiempo y lentamente paso mi palma por su verga. “¿Vas a darme lo que yo quiero?”, lo provoco. “¿Vas a hacer todo lo que yo diga?” Y en ese momento se pone flácido en mi mano.

“Amor, por qué tienes que meter juegos de poder en esto? Sólo quería buen sexo contigo. No es como que siempre quiera sexo”.

Después, le acaricio el pelo y hablamos al respecto: la ambivalencia de sus propios fetiches, la duda sobre su deseo por mí a medida que nos enredamos más a nivel emocional, la confusión frente al típico deseo masculino, la incertidumbre de cómo desear el sexo en general.

“Sólo trata de aceptarlo… como una mujer”, le digo.

“Lo he estado intentando”, dice él.

Hablamos por demasiado tiempo y luego él dice cosas que me enojan. Me volteo para dormirme pero sigo despertándome mientras él se acerca y aleja de mí.

Algo pasa entre nosotros dos mientras dormimos. Cada cosa de la que habíamos hablado, de repente pierde todo significado. Él busca mi cuerpo y nos saturamos con nuestros distintos tipos de besos, con escupidas y lubricante. Mis dedos entran a su culo, y comienzan a dar vueltas en busca del recoveco que cause que sus gemidos se tuerzan.

En la madrugada tanteo en busca del arnés.

Él permanece en silencio, debajo mío, mientras yo presiono su carne con la punta de silicona. Por un momento pienso que no va a funcionar pero luego ahí está el espacio, el deslizamiento, y él enloquece, mostrando los dientes. Lo sujeto con mis codos y me quedo quieta por un buen rato. Me empiezo a mover, lentamente, y sus gemidos se vuelven melódicos, su verga se empieza ver dura contra su estómago.

¡Pobres hombres! Esto es mucho trabajo, todo el asunto de penetrar una y otra vez, calculando, y penetrando, sabiendo que pueden herir a la persona que está abajo.

“Ahora tú me montas”, le ordeno, exhausta.

Pero en el cambio, a él se le ablanda.

“Sigamos”, le digo, la falta de sueño me deja trastornada. “El arnés me roza rico. Creo que me puedo venir. ¡Todavía la tengo dura!”.

Si algo sé, es que mis deseos están indisolublemente enredados con los de los hombres, pero claro, tengo algunos sólo míos. Seguramente el hecho de que los novios raramente quieran satisfacer mis fantasías tiene que ver. Esa es la tragedia de la pervertida.

Tal vez el pegging (#thetrend) se trata únicamente de venganza. Pero qué importa.

“Ni loco. No puedo seguir”, dice él mientras cae en mis piernas. “Lo siento amor, Pero eso fue todo”.

“Está bien”, digo. “No te tienes que disculpar. Estuviste genial.”

Nos quedamos así por un momento. “Pero te puedes disculpar por todos los hombres“, añado.

Él levanta su cabeza de mis muslos. “Me disculpo por todos los hombres. En serio”.

fuente vice

Por Rachel Rabbit White

 

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